Gente de Laredo. Carmen Giménez García. “Carmen la de la academia Estrymens”.

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Gente de Laredo. Carmen Giménez García. “Carmen la de la academia Estrymens”.

Carmen Giménez García

Volviendo con mis citas, siempre con retraso (no tengo remedio), hoy volvemos a intentar conocer, a acercarnos un poco, a otra protagonista de esa historia viva de nuestro Laredo.

Esto era una mañana de viernes, de esa primavera con que nos ha obsequiado febrero. Sí, el tiempo está loco y no quisiera pasar en mayo (según el refrán) esa parte del invierno que parece haberse comido el lobo.

Pues sí, siguiendo con la línea de las charlas (entrevistas) de Gente de Laredo, buscando a una mujer desesperadamente, se cruzó Carmen (más bien la busqué) en mi camino. ¡La ocasión la pintan calva! Y aproveché, dándole tiempo por motivos de salud, para quedar y entablar la faena.

Tengo que agradecer la ayuda de sus hijas (Estrella y Mensi), su buena disposición, su buen carácter, su gentileza (también la de otros) para tomar un café y chalar un rato, aparte de los halagos que me dedicó, que iba a decir inmerecidos pero sonaría pedante.

Esta vez sin ruido, gracias a la amabilidad de la gente de “La Marina & Company”, subidos en la parte de arriba, estuvimos Carmen, su hija Estrella que la acompañó y un servidor.  Esta vez tocaba el mundo del “artisteo” o la Farándula, más bien de la danza. Cómo cayó por Laredo una valenciana que, con todo su arte, montó en su día una academia de danza, allá por el año 1981 (Estrymens), que dura hasta nuestros días.

Hablando con nuestro querido Antuán (Antonio Arconada), además de darme la cabecera del texto me dijo algo así:

—Esa mujer habrá dado clase a más de medio Laredo.

Sí, estoy de acuerdo. Mari –decía Antuán- (Carmen) fue una innovadora que supo hacer de su gracia y su arte una profesión, además de añadir una nota más de música, baile y color, a ese Laredo que ella se encontró hace muchos años.

Mujer que se define a sí misma como buena gente, machacona, luchadora y artista para muchas cosas. Una mujer que dice le da muchas vueltas a su cabeza en busca de proyectos e ilusiones, aunque luego no se realicen. Que añade ser creativa y muy soñadora. Tal vez, según ella, en exceso.

Dicho lo anterior dejemos que ella nos cuente…

 

—¡Muy buenos días…! ¿Te llamas…?

—Carmen Giménez García.

—¿Naciste en Laredo?

—No, nací en Valencia.

—A las mujeres no se les pregunta la edad… O ¿Mes? ¿Año?

—Es igual, no me importa, nací un 29 de octubre de 1942.

 —Y… ¿fuiste al colegio aquí en Laredo o…?

—No, no, fui allí, en Valencia. Al colegio “La Mascota”. Iba a un colegio público y los fines de semana iba a “reforzar” a uno de monjas del cual no recuerdo el nombre…

—Y ¿hasta qué edad, más o menos?

—Trece o catorce años…

—¿Hiciste el bachiller…?

—No, empecé… pero enseguida me centré en mi gran pasión: el Baile. Mientras, fui a una academia particular para ampliar mi formación y seguir estudiando porque lo hecho me parecía poco.

—¿Cuál es el siguiente paso?

—Baile, baile, baile…

—Y… ¿Cómo pasa eso? ¿De repente?

No. En mi casa se hizo sin la menor importancia porque, en aquella época, en Valencia, ya había seis o siete academias de baile. Curiosamente, cuando yo vine a vivir a Santander sólo había una. En Valencia, en cualquier barrio había una academia de baile. Era un estilo a Andalucía donde la gente lo vive mucho… Así que mis padres me llevaron a una academia y parece ser que se me daba bien… Hasta aquel profesor empezó a ajustarme (suele decirse “montar”) bailes que a mí se me daban bien y ahí me centré. A mi madre aquello le encantaba casi más que a mí…

—¿Elegiste algún “palo”, estilo, como se suele decir?

—No, no, no… Era Danza Española. Que es lo que ahora mismo impartimos con mayor fuerza en la academia. Para mi es lo más bonito.

—¿Y cómo sigue la cosa?

—Pues aquellas clases eran todas por libre e individualmente. Íbamos chavales y chavalas, cada uno por libre, y sólo cuando hacíamos Barra Clásica la hacíamos todos a la vez…

—¿Dónde estaba esa academia?

—En Valencia. En la calle Maestro Sosa.

—Y ¿quién impartía aquellas clases?

—Pues es que yo estuve por lo menos con tres profesores. Empecé con un baile español que hoy podríamos calificar de libre o “pachanguero” pero luego me metí en el aula de Danza Clásica. A partir de ahí ya cogí otra base y, luego, todo lo demás me salía bordado…

—¿Y de Danza Clásica pasaste al Flamenco o…?

—No, el Flamenco no me tiraba tanto, vino a última hora. Yo a clase de Flamenco, tal cual, no fui nunca. Ocurre que con aquellos profesores, si éramos diez alumnos, pues… mezclaban los estilos y de repente te podían decir: ¡Ahora te toca a ti!  Y así tenias que bailar todos los estilos. Si hacía falta bailar Claqué pues… se bailaba. Aquí, ahora, coges una hora con las niñas y en esa hora hacen todas lo mismo. Unas mejoran más, otras menos. Pero cuando aquello no…

—¡Perdona mi ignorancia! ¿Cómo se llamaba tú disciplina, la modalidad?

—Lo mío era Danza Española. Pero para la Danza Española necesitas una barbaridad de Danza Clásica… Y no tiene nada que ver con lo que son las Sevillanas, por ejemplo. Para eso no hace falta Ballet Clásico…

—¡Perdona! Entonces, ¿cómo nace en ti el amor por la danza…? ¿Es algo innato, por tus amigas, la familia?

—Es que en Valencia hay tanta afición a esto que es imposible no conocerlo. ¿Familia? Pues mi padre era más tímido para estas cosas, pero mi madre era muy bailarina…

—¿Es tu madre la que te anima, entonces?

—Sí, creo que sí. Además, a mi me gustaba mucho. Siempre bailábamos en las reuniones familiares y demás…

—Bueno, luego volvemos ahí para no hablar sólo de danza…

—Sí, esto es muy amplio ¿eh?

—¿Tienes alguna otra afición como otros artistas que por aquí han pasado?

—Aparte de la Danza Clásica lo que más me gustaba era el Claqué… ¡Perdón! Aparte de la danza antes no tenía ninguna. Ahora llevo unos años que me encanta coser…

—¿Bordar, patchwork, confeccionar prendas, arreglos…?

—Me encanta hacer vestidos y demás en plan modista…

—Siguiendo con las aficiones… ¿alguna otra?

—Sí, ahora voy a Pilates y… voy a la academia de visita, a ver, a recordar…

—Y… ¿te gusta leer?

—Sí. Pero no me gustan los libros largos porque me quedo dormida.

—Vamos con Laredo. ¿Cómo vienes a Laredo desde Valencia? ¿En qué año, más o menos?

—Sería hacía el año 1980 y vengo desde Santander… Primero viví en Santander antes de caer por aquí.

—Vamos a ubicarnos. Tú de Valencia vienes a Santander ¿a qué?

—No. Yo desde Valencia iba por toda España con mi compañía de baile. En esas giras fui varias veces por Santander. Tendría 17 o 18 años cuando conocí al que, luego, iba a ser mi marido…

—¿Qué se llamaba?

—Ignacio Rodríguez Zabala.

—Y… ¿te enamoras?

—De entrada poco. Era muy buena gente y me caía muy bien. Siempre he valorado mucho eso en las personas, más que el físico y otras cosas, pero no fue lo que se dice un flechazo… Pero luego las cartas eran casi diarias. Una iba y otra venía.

—Es decir, ¿él estaba en Santander y te escribía y tú le contestabas allá donde estabas?

—Sí, si…

—¿Y él ya sabía dónde tenía que enviar la carta, a qué sitio?

—Sí, lo teníamos muy controlado…

—Y ¿cómo vienes a Laredo, entonces? ¿Te casas?

—Sí, me casé en Valencia. Estuvimos un año de novios, más o menos, con poco roce… (Risas). Nunca pensé, al principio, que ese hombre iba a ser el amor de mi vida. Sí, me casó en Valencia en el año 1964 y me fui a vivir con mi marido a Santander. Él ya trabajaba, entonces, en una farmacia. Y allí estuve 10 u 11 años.

—Y estando en Santander… ¿sigues con la danza o eres ama de casa?

—No, dejé la danza y tuve dos hijas.

—Y ¿cómo caes en Laredo? ¿Por qué vienes aquí?

—Porque mi marido trabajaba en una farmacia y estaba muy bien considerado y muy a gusto. Pero cambiaron de propietario y ya no estaba tan contento. En ese momento le ofrecieron venir aquí, a Laredo, a una farmacia nueva que se abría en la calle José Antonio (Avda. de España, ahora) que era (es) la Farmacia de Diego.

—Y ahora la anécdota…

—Pues que según me lo dijo cogí una hepatitis que nadie supo decirme de dónde surgió. Creo que fue del disgusto porque me habían dicho que esto era un pueblo de tiñosos y eso que ya habíamos venido por aquí alguna vez, de visita, en moto. Además, cuando aquello, como que estaba “muy lejos”… (Se refiere al recorrido, en tiempo, por la antigua y sinuosa carretera nacional). Es curioso porque en aquellas escapadas subíamos al Risco y a mí el pueblo, aquellas vistas, me gustaban.

Por otro lado, mis padres estaban disgustados porque su hija se había ido lejos, a Santander, y ahora iba a trasladarse a un pueblo, no sé si perdido, de tiñosos.

—¿Un pueblo de tiñosos?

—Sí, recuerdo que fui a unos grandes almacenes que había en Santander (Ribalaigua) y un conocido de mi marido me dijo algo así:

-“Me han dicho que tu marido te lleva al pueblo ese de los tiñosos…”.

Y yo contesté:

-¿Qué me dices?

-¡Allí no hay más que tiña! –Respondió.

Yo creo que, cuando aquello, no siendo una niña, era una inocente y me lo creí. Nunca había oído esa palabra y acabé con una hepatitis que me dijo el médico que me había provocado yo misma… ¡Fuera de bromas! Me duró 15 días… Y ya no puedo, desde entonces, ser donante.

Y añade, por favor, que me costó seis meses hacerme, ubicarme aquí. Después de ese tiempo ya no me hubiese vuelto a Santander pues hice un grupo de amigas muy majas ¡y sigo con ellas…! ¿Eh? Las conocí y empecé a ir a andar con ellas en bicicleta.

—Curioso lo de la tiña, porque en aquellos años del “boom” de Laredo hasta los de Santander venían a veranear aquí. Seguimos… ¿ha cambiado mucho el Laredo de tus primeros recuerdos al de hoy en día? ¿A mejor, a peor?

—A grandes rasgos pienso que ha mejorado muchísimo. ¡Claro!, creo que es ley de vida… Tampoco quiero rasgarme las vestiduras metiéndome en política y esas cosas… El resto para mi… pues… la academia funciona muy bien, ha habido cambios, pero no me puedo quejar. Entiendo que esto pueda sentar mal a la gente que lo está pasando mal por tema económico. Es verdad que, en muchos aspectos, Laredo podría haber mejorado mucho más, pero yo soy muy de amoldarme a los tiempos. No soy de las que piensan que tiene que ser todo como antes.

—Bueno, entonces, tú ¿cómo te definirías… con una palabra?

—Creo que he dejado por  ahí mi huella y… ¡artista sobre todo!

—Y, ¡lo siento!, toca política. Ahora, ante un momento político incierto, ante la crisis, ¿cómo ves el panorama político que nos toca vivir?

—No sé. Yo, particularmente estoy muy asustada. Tal vez sea por mi edad, por como veo las cosas… Lo veo muy mal para la juventud (se emociona) y me gustaría que la gente fuese más legal, más honrada. Hoy estaba escuchando lo de Barcelona, otra vez, y… veo un panorama asqueroso en el que no hay luz al final del túnel.

—¡Vale, vale! Entremos en el mundo de los sentimientos… ¿Te acuerdas de tu primer amor?

—Me vas a hacer llorar… Sí, uno en concreto. Era un chico de Castellón que se llamaba Francisco. Yo era una chavala y creo que le conocí un día de playa. Me tuvo muy colada y, a pesar de las advertencias de mi padre sobre el mundo de las artistas, salí con él. Era una persona buenísima y nos escribíamos y eso… Pero dejé de escribir, de contestar sus cartas porque quería dejarlo y la última vez que me llamó ya estaba yo saliendo con Ignacio. Entonces, al ver que no le correspondía, lo dejamos estar y le devolví todas sus cartas… (Risas). Cuando aquello se hacía así.

— Y… ¿lo mejor y lo peor de Laredo, hoy por hoy?

—Tengo todo a un paso, estoy agustísimo, tengo a mis hijas a mi lado… Y lo peor… ¡que no tiene un teatro para lucirme! Bueno, en realidad para lucimiento de cualquier artista local o que venga de fuera…

—¿Crees, como decía Luis, que Laredo te fagocita?

—No. Yo no lo valoro así. Tú has de pensar que depende de las personas. Hay a quien Laredo se le queda pequeño y tiene que salir y otros no salen porque están a gusto aquí. El límite lo pones tú.

—Pero… siguiendo con la charla, ¿te quedarías con algún lugar de este mundo? ¿Tienes un lugar preferido? ¿País, ciudad…? ¿Dónde te gustaría vivir si no es aquí?

—Yo estoy muy a gusto en Laredo. En caso de salir iría a vivir a Santander. Algo así como ir y venir… poco más.

— ¡Cambiemos de tercio! ¿Algo gratificante que hayas vivido en estos últimos años?

—Mis nietos. ¡Esto parece un test de psicólogo…!

—¿Qué se llaman?

—Carmen, la que todos dicen que es mi preferida y tiene 20 años, Nacho que tiene 20, Luis que tiene 19, y las mellizas Lola y María que tienen 16.

—¿Por qué dicen que Carmen es tu preferida?

—Fue la primera, cayó muy bien, era muy simpática, bailaba mucho, etc. En realidad no es que sea la preferida sino que los demás nietos se meten con ella y dicen eso porque, al morir mi marido, me fui con ella de viaje a Nueva York y, entonces, los otros, me lo están echando en cara todo el día. Pero todos son buenísimos. No los llevé porque no tenía dinero para el viaje de todos, aparte de que todos no podían.

—Y… ¿alguna cosa que te quedó por hacer?

—No me da la cabeza para más. Por más que lo pienso creo que he hecho lo que me gustaba… He disfrutado más siendo profesora que bailarina.

—¿Tenías algún grupo o cantante favorito?

— Miguel Ángel Poveda León. Que es un cantaor de flamenco español conocido con el nombre artístico de Miguel Poveda. Y me encanta Ana Belén, Mari Fe de Triana, ¡esa es más de mi época!

—¿Qué es lo que más odias del ser humano?

—Hablar de lo que no se sabe.

— ¿Crees que vivimos en un mundo sin valores? ¿Lo denuncias? ¿Eres consciente de ello?

—En general es así. No se piensa en los demás… A la gente se le está yendo la cabeza. Se falsea la realidad y ¿yo qué puedo hacer? Creo que esto viene desde arriba, que se está permitiendo todo… Y tampoco entiendo lo que está pasando en los partidos políticos.

— Si en tu mano estuviese cambiar algo de lo que ha sido tu vida ¿qué cambiarias?

—Tendría que saber el final pero ya sé que no vale. Tal vez, haberme quedado en Valencia. Haberme llevado a mi marido allí. Entonces tenía “armas de mujer” para hacerlo.

— ¿Ese secreto que nunca has contado?

—No digas a nadie que debajo de la almohada tengo dinero escondido (Risas). No, no, ¡es broma! Pues no recuerdo… ¡Ya me has sacado hasta el nombre de mi primer novio! Yo he sido de buena, tonta…

—Hemos hablado del éxito y… ¿tu mayor fracaso?

—Tengo varios, pero recuerdo una actuación en la que me caí, en Lorca (Murcia), y luego estuve dos meses sin poder posar el pie en el suelo. Pero me aplaudieron más que nunca… Todavía lo recuerdo.

—Si en tu mano estuviese cambiar algo de lo que ha sido tu vida ¿qué cambiarías?

—Cositas de la academia. He tenido oportunidad de comprar otro local y, tal vez, por cobardía, no lo he hecho. Pero no pasa más porque no soy ambiciosa.

—Si miras para atrás ¿piensas que ha pasado el tiempo volando, que la vida se pasa en un suspiro? ¿Tienes esa percepción?

—Eso me está pasando, sobre todo, a partir de cumplir los setenta. Es ley de vida.

—Bueno y si la pregunta es “rara”, otra pregunta rara, ¿un secreto, esa cosa que nunca has contado…? ¿Una manía, superstición, una fobia?

—No, abro los paraguas en casa. Las ratas me dan asco y… una serpiente no la he visto nunca como para opinar…

—¿Qué cosas te llevarías a la famosa isla desierta?

—(Risas) Si me lo preguntas hace diez años te digo que a Arturo Fernández. Ahora ya no. Me llevaría un aparato de música con música española 100% y fotos de mis hijas y mis nietos…

— ¿Un recuerdo de cuándo eras niña?

—Una muñeca que me trajeron los Reyes cuando tenía ocho años: Mariquita Pérez, la auténtica. Además, a esa edad empecé a bailar… Y al año siguiente tuve una muñeca a la que puse de nombre Cayetana. Era una, de esas primeras, que la cogías de la manita y andaba… ¡Era la envidia del barrio!

—¿Algún mensaje a navegantes?

—Mis hijas tienen la cabeza muy bien amueblada y… mi mejor consejo, para ellas y para todo el mundo, es que sean felices con lo que están haciendo, hacer el bien dentro de sus posibilidades y que sean buena gente. Habrás observado que lo de “buena gente” lo repito mucho…

—Pues hasta aquí hemos llegado… ¡Ha sido un placer!

 

Y así nos despedimos Carmen, Estrella y yo. Caminando hacia mí casa me venían recuerdos de mi familia, de mi madre en especial que también conoció aquel ambiente de Valencia. Y me quedé con la copla de que Carmen es una mujer con mucha sensibilidad. De hecho, en algunas preguntas le quisieron brotar lágrimas que contuvo y estuvo muy preocupada porque sus respuestas, naturales, espontaneas, no molestasen a nadie. Agradezco, además, a su hija Estrella por acompañarla y darle ese toque de tranquilidad que necesitaba para pensar y dar sus respuestas. Gracias a las dos y, en especial, a la protagonista…

¡Gracias, Carmen! ¡No cambies! Nos vemos por Laredo.

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