Gente de Laredo. Cecilia Gil Muñoz (Mariuca, “La Curra” o “La Piricha”)

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Gente de Laredo. Cecilia Gil Muñoz (Mariuca, “La Curra” o “La Piricha”)

Cecilia Gil Muñoz “La Piricha”

Ayer me enteré. Sí fue al llegar a casa. No, no la conocía en profundidad. La foto que os muestro la hice, hace tiempo, en la Plaza de la Constitución laredana.

Simpática, picarona (en el buen sentido), no hay más que mirar sus ojillos entreabiertos y su mirada graciosa.

La tenía entre mis futuras (no muy lejanas) entrevistas para esta sección. Sí, también he tenido a otros que ¡ya se llevó Dios! La Muerte es así de rápida.

Ocurre que, “buscando una mujer (otra) desesperadamente”, pregunté en Laredo por ella a varias personas. Todas me dijeron que estaba en Santoña. Que vivía allí, en una residencia, para estar más cerca de su hija.

Antaño, tropecé con ella, aquí en Laredo, muchas veces. Solíamos coincidir en la Residencia de Mayores tal como el sábado o el domingo por la tarde. Yo iba a visitar a mi abuela materna. Ella… no sé… Curiosamente, siempre me preguntaba por “mama”, ¿qué tal está “mama”? –Me decía-. Supongo que refiriéndose a mi abuela.

—¡Bien, bien…! -Contestaba yo-. La típica respuesta para salir del paso y no entrar en detalles y enfermedades.

Y, así, murió mi abuela y, así, dejé de ver a Mariuca.

¡Ya no hay entrevista que valga pero no está todo perdido!

De todos esos papeles que guardo, tengo mi colección de revistas de “deLaredu, Lin”. Sí, colaboré con ella y con Javier y guardo sus ejemplares como oro en paño. En mi casa dicen que tengo en Síndrome de Diógenes, pero, curiosamente, se dice de él que vivía en una tinaja, en lugar de una casa, y que de día caminaba por las calles con una lámpara encendida diciendo que “buscaba hombres” (honorables, honestos). Sus únicas pertenencias eran: un manto, un zurrón, un bastón y un cuenco para el agua hasta que un día vio que un niño bebía el agua que recogía con sus manos y, también, se desprendió de él, sin más…

Revolviendo revistas, llegando al número 20 apareció la entrevista que Javier González hiciese a Mariuca en su día. Y tal como la escribió, fuera de mis preguntas habituales y con su permiso, la trascribo y aquí os la dejo.

Y es que dicen que en la “nube digital” las cosas duran (o duraran) eternamente. Esa es mi intención. Este fue el relato…

 

(Revista “deLaredu, Lin”. Nº 20. Noviembre de 2003)

 

Nadie en el pueblo ignora quién regentaba el negocio hasta el momento del cierre: Cecilia Gil Muñoz… ¿Que no la conocen? Pues este es el verdadero nombre, el oficial, el que reza en los juzgados y en su DNI, de la que todos conocemos como “Mariuca”, “La Curra (ó la La Curry), “La Pincha (o la Pirichi).”

Lástima que la memoria sea tan traicionera y tan esquiva y nos prive de conocer más en profundidad el por qué de éste último mote.

En realidad, sabemos que su portador original fue Juan Gándara “Juanito”, su esposo, y que de él, como suele ocurrir en estos casos, pasó en “herencia” involuntaria a su mujer. Respecto a lo de “Curra” la explicación nos remite a su madre, Pepita Muñoz, que así era conocida entre sus convecinos. A todas estas voces responde nuestra protagonista sin darse mayor importancia. Y lo hace con un verbo si bien no muy fluido, sí lo suficiente para que se le entienda con claridad. Una forma de hablar que llevó a muchos turistas a preguntarla de dónde era. “Me decían que no tengo acento como la gente de aquí. Pero, ¿de dónde voy a ser? Yo soy de Laredo, de la Puebla Vieja, de toda la vida”.

Ahora que acaba de cerrar, reconoce sentir algo de nostalgia “a veces te da pena y otras veces no”, mientras confiesa que el negocio ya no daba de sí. “Casi que perdías dinero”, afirma con resignación. Ella lo achaca a que los tiempos van cambiando, a que “hay más bares para entrar, no como antes” y ante tal circunstancia se imponía la jubilación. Una decisión sin marcha atrás. “No, ya me han dicho que no me arriesgue a abrir, que si me pillan no tengo ninguna excusa, porque yo ya he firmado”.

Y de momento ha encontrado ocupaciones en las que llenar el tiempo libre. “Estoy arreglando ‘a casa del Tinaco, llevando cosas desde mi otra casa en la calle San Marcial. Entre que limpio y pongo todo en orden se me pasa el tiempo”. ¿Y cuando la tenga arreglada? “Siempre tendré algo que hacer, y si no, me iré a coger caracoles de pared, que así te pasas toda la mañana sin darte cuenta”.

En todo caso, es consciente de que se echará de menos el bar. “Ya hay quien me lo dice, que se nota que he cerrado. Y otros aún piensan que sigo funcionando, porque al pasar se imaginan que he ido a algún recado. Pero en el bar ya no tengo ni una botella”.

Lo cierto es que cuesta acostumbrarse a transitar por esa esquina de la Remayor y San Martín sin escuchar las coplas de Antonio Molina, las jotas navarras o las tonadas populares pejinas de la coral Canta Laredo que su vetusto equipo de música reproducía con estridencia durante muchas horas del día. Una más de esas señas características del lugar, que hacían asomar la nariz a más de un turista despistado, mientras los de casa fruncían el ceño o cantaban por lo bajo según se presentara la jornada.

Pero con este establecimiento también se marcha ese comodín del que muchos tiraban a horas en las que ya no se podía recurrir a las tiendas de ultramarinos. Lo mismo un pan, que aceite, que tomate o lo que fuera menester se podía adquirir a un módico precio en el que, por supuesto, iba añadido el correspondiente incremento por tener un servicio casi 24 horas.

Vale lo anterior también para las bombonas de butano, que acumulaba en el almacén y que habrán sacado a alguno de más de un apuro. “Al cambiar de casa me encontré con unas cuantas bombonas, y en lugar de devolverlas decidí llenarlas y tenerlas para cambiar”. Y es que, al madrugar tanto como lo ha hecho ella a lo largo de estos años, era muy sencillo pillar al butanero y abastecerse de este combustible servido en el anaranjado envase.

Pero antes de seguir con las historias del bar, recorramos aunque sea brevemente la Historia de Mariuca. Vino al mundo hace ahora 67 años – “cuando la guerra era yo pequeña”, explica; y lo hizo en el seno de una familia numerosa. Sus padres, Alejandro Gil y Pepita Muñoz, se desvivían uno en la mar y otra en la fábrica para sacar adelante a sus doce vástagos. A todos les tocó arrimar el hombro en esta tarea, de ahí que Mariuca, aunque recuerda haber asistido a la escuela “con Doña Marola” apenas si tuvo tiempo para recibir una instrucción que le posibilitara algo tan básico como leer y escribir.

Pronto comenzó ella también a trabajar en las fábricas de conservas, y a hacer miles y miles de filetes de anchoa hasta que, ya casada, decidió ayudar a su marido Juanito para regentar el bar recién adquirido. A la muerte de su esposo, con una hija a su cargo, “La Curra” se echó sobre sus hombros el hogar familiar y también el negocio. La mencionada carencia de conocimientos la suplió, como ella dice, “con los buenos amigos, con Paco, con mi hermano, con El francés” y otros muchos, se que prestaban para escribir los rótulos en la pizarra, o para ayudarle con las cuentas.

Porque esa es otra. A su manera, era muy difícil que no le cuadrasen los números, ya que había desarrollado un muy estudiado sistema de descomposición monetaria del billete, de tal forma que sólo ella se entendía pero el cliente recibía, habitualmente, las vueltas correspondientes.

Tampoco la llegada del euro se convirtió en un muro Insalvable. “Me trajeron unos papeles con lo que eran euros y pesetas y yo me las apañé”.

Eso sí. Reconoce que, por el disgusto del cambio dejó de vender la lotería. Para el resto del género demostró que el redondeo no tenía ningún secreto. “Las anchoas, yo de antes las vendía a 6 euros, y luego las puse a 9 euros”, recuerda sin reparar en que, al menos el precio antiguo debía haberlo expresado en pesetas.

Pero como decíamos, miedo, lo que es tener miedo de verdad, a nada… Ni a borrachos, ni a ladrones “Me han entrado a la tienda varias veces, pero yo no estaba”…Tan sólo teme a los ratones. Tal es la aversión que les tiene que, según afirma, si llega a encontrarse alguno en el bar, no hubiera vuelto a abrir. Ya le ocurrió en casa siendo su hija pequeña. Un pan que desaparece sospechosamente de encima de la cama. Un ratón que se está dando el festín bajo el colchón. Y madre e hija durmiendo en la tienda hasta esperar a que el roedor fuese desalojado, por las buenas – “le dejé la puerta de la calle abierta para que se saliera” – o por las malas, como así tuvo que ser para desdicha del intruso.

¿Y ahora qué? Volvemos a inquirir con insistencia. “Pues eso, a hacer mis cosas y además podré ir a las romerías, que me gustan mucho”. También lo hacía antes, pero siempre tenía la obligación de regresar para poner en marcha el negocio. Ahora ya no será así. Quizás entonces se anime a bailar, algo que le encanta “pero que no puedo practicar por cómo tengo las piernas”.

Ganas de pasarlo bien se adivinan en esta mujer que, según confiesa, de joven tuvo más de un pretendiente a su alrededor. “Aunque me quedé con mi Juanito”. Con él tuvo a María Luisa, que le ha dado cuatro nietos y un biznieto, que son otra de sus debilidades. A ellos les visita en Santoña al menos una vez a la semana…

Como se ve, no le faltan ocupaciones a esta mujer que, paradojas de la vida, dice hacerle ascos a la bebida. “Yo agua, agua… En la comida, un vaso grande de vino, antes con gaseosa y ahora, porque lo dijo el médico, sólo con agua”. Ni siquiera para los catarros accedía a tomar cognac como le recomendaban sus clientes. Ella tenía muy claro que el género era para los demás, a quienes considera que deja un buen recuerdo, “por los muchos favores que he hecho”  reconociendo, eso sí, “que también me han dado un duro a ganar”.

Y así dejamos, volviendo a su nueva vida, aún falta de rutina, a esta mujer que a su manera forma parte también de la pequeña historia del pueblo, construida con épicas hermosas pero también con episodios más modestos que nos ayudan a recordar, desde el presente, lo que quedó en el ayer.

 

Y por mi parte, después de este relato… Cinco de abril de 2017. ¡Descanse en paz la buena de Mariuca!

Y Gracias a Javier González por permitirme reproducir este texto.

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